Drag Queen Story hour
2015. Aparecen, de repente, noticias sobre la primer “Drag Queen Story hour”, en la que un sujeto, muy evidentemente masculino, disfrazado, muy grotescamente de mujer, lee cuentos a niños en bibliotecas públicas. En cualquiera otra época, cualquiera, hubiera pensado que se trababa sólo de una broma, crasa y de mal gusto. En 1979, tal cosa hubiera sido una parodia del trasvestismo, como lo fue la que hizo el grupo cómico inglés Monthy Python, en un segmento de su película “Life of Brian”.
Sin embargo, la multiplicidad de reportes y fuentes despejaba cualquier duda sobre la realidad de lo reportado. Efectivamente, había un adulto travestido, leyéndole cuentos a niños. ¿Sus padres? Ahí mismo, aplaudiendo. Ni Monthy Python se atrevió a tanto. En menos de medio siglo, la escena de “Life of Brian” había quedado rezagada. La realidad había superado a la parodia.
Pero la reacción periodística, que oscilaba entre la solemne aprobación y el acalorado entusiasmo, indicaba algo más grave y profundo: no se trataba de un degenerado haciendo una locura (fuente inagotable de noticias, si las hay). La “Drag Queen Story hour” era un hito de época. Al criminal degenerado ya no le cabía el escarnio o la burla, mucho menos el castigo, sino el encomio y la aprobación, y no sólo de “formadores de opinión”, sino de la sociedad en general, por acción u omisión. Los padres que llevaron a sus hijos allí, los funcionarios de la biblioteca en la que ocurrió, el personal de la escuela que lo permitió, el judicial que no actuó, todos, en mayor o menor medida, fueron responsables de lo que sólo puede calificarse como locura.
Pero si la locura de la Drag Queen Story Hour no fue un hecho aislado en responsables, tampoco lo era en antecedentes. Fue el resultado de un proceso filosófico, cultural, político, económico y tecnológico que ha recorrido siglos.
Modernidad, postmodernidad y locura
La era moderna había proclamado la autonomía de la razón, ya no en participación de un orden objetivo, sino como instancia autosuficiente que la libraba de la “opresión de la autoridad”… o eso decían sus propagandistas. Así, el hombre se hizo, o pretendió hacerse, “creador de verdad”, y desvinculado de la realidad, comenzó a cernirse sobre sí mismo. Los hechos históricos, siempre más crudos que la propaganda y menos sutiles que cualquier filosofía, atestiguaron lo que sucedió bajo esas consignas: Lutero consumando su matrimonio con una monja en un altar, emancipaba al mundo de la Iglesia, prostitutas paseando por las Iglesias de la París de la Revolución Francesa, del rey.

Aquellos exabruptos fundacionales revelarían mucho más sobre lo que habría de venir, que lo que sus heraldos querían proclamar. De hecho, ese mundo moderno, pretendidamente desmitificado (para horror de Tolkien y sus Inklings), aún ofrecía macrovisiones de la realidad, religiones à la carte, digamos. Marxismo para los que declaman dolor por el dolor ajeno, capitalismo para los interesados en el propio interés, protestantismo para los tienen más fe en sí mismos que en la Fe y positivismo para las mentes con mayores aspiraciones científicas que ciencia. Cada una de ellas, en sus múltiples sabores de temporada y sus pequeños dioses de axiomas, retuvieron algún poder explicativo y consuelo mental… por un tiempo.
Pero tarde o temprano, las preguntas se acumulan y esas religiones eunucas no podían más que repetir sus slogans estériles. Esa falta de respuestas, ese agotamiento de la razón autónoma, forzaría el siguiente paso: el postmodernismo, ¿o sería mejor hablar de híper modernismo?, que no hace más que extremar las conclusiones de las premisas modernas. En definitiva, si había clase, cada uno podría ser su propia clase, si había interpretación antojadiza de la Biblia, cada uno puede ser su propio pastor. Mientras tanto, en ese mundo de fragmentos atomizados que dejó la destrucción de ancien régime, se levantaban sin oposición los leviatanes del Nuevo Orden Mundial.
Fragmentada la unificante gran macrovisión cristiana (católica), el paso de los “grandes relatos” modernos a los “micro relatos” postmodernos era inevitable. Tal era así que, aunque tal vez inconscientemente, alguno de los autores fundantes de cada período, de hecho, lo era del siguiente. Uno de los fundadores de la filosofía moderna, Descartes, ejercía su duda metodológica de un modo radicalmente individual. Era él quien dudaba, era él quien pensaba, y existía. De modo análogo, Foucault, aplaudido no sólo por sus liberados instintos en el epicentro de la Peste Rosa, sino como gran estandarte del postmodernismo, nos anticipaba su continuación en su “Historia de la locura”.
Si la era moderna declamó la entronización de “una racionalidad” y destruyó el orden natural, y la postmodernidad “multiplicó las racionalidades”, e instauró un orden antinatural, sólo puede seguir la psicosis, en ideas y hechos. La destrucción de toda lógica en la teoría y de todas las instituciones en la práctica. Sin coherencia interna ni contacto con la realidad queda lo que nos queda hoy: lo absurdo como verdadero, el espectáculo inverosímil de una parodia tomada con la gravedad de lo magnífico, la “Drag Queen Story Hour”. Un mundo dónde un hombre puede declararse mujer y exigir que todos participen de esa ilusión. Dónde una mujer puede identificarse como animal y reclamar reconocimiento legal. Dónde la biología más elemental es considerada una opinión, pero la autopercepción más trivial es tratada como dogma incuestionable. Dónde un niño, alentado por el sistema educativo y sanitario, puede dudar de su propia identidad antes de llegar a comprenderla, y aún sin siquiera tener la capacidad jurídica para comprar alcohol, puede demandar procesos irreversibles de alteración corporal. Todo potenciado por tecnologías que mediatizan la experiencia humana, nublando la capacidad de atención, de contemplación y de juicio.
Paternidad
En este contexto, ser padre adquiere nuevos y graves deberes. Ya no somos meros proveedores ni protectores. Somos, muy literalmente, la última línea de defensa ante una horda insana que quiere arrebatarnos nuestras familias para sus filas de perdición.
Es enseñar que la realidad existe, que la naturaleza humana tiene un orden y que la verdad no depende de la voluntad. Que la libertad no consiste en inventarse a uno mismo, sino en elegir el bien.
Es ejercer una autoridad que no está dada como migaja por leyes positivas, sino que es participación en un orden superior, ínsita en la naturaleza y modelada a partir de la paternidad Divina. Es la silenciosa y habitual valentía de decir “no” cuando la cultura dice “sí”. Es permanecer de pie mientras todos doblan la rodilla ante ídolos de barro, y ofrecen incienso a falsos dioses. Es no delegar lo indelegable, mucho menos ceder a la comodidad. Es permanecer constante en la ingrata y cotidiana lucha contra la imbecilidad de los débiles, la locura de los perdidos y la burla de los endemoniados. Pero a diferencia de tantos otros cristianos a lo largo de la historia, no podemos esperar el dulce relevo del martirio, ni por ejecución espectacular ni en épica batalla. Resistir no alcanza. La oportunidad de la defensa ya pasó. Nuestros países e instituciones están tomados por un ejército de ocupación que sí busca prisioneros.

Hoy Dios, nos exige la victoria, por nuestro deber de estado, por nuestras familias. Una victoria que nos excederá la vida, pero será corona en el Cielo.
Ha llegado el momento de la contraofensiva. Contraofensiva que comienza con la propia virtud, como faro ejemplar en cada familia, sigue en la deliberada formación de cada hijo y continúa en las amistades y comunidades que reconstruirán la civilización que perdimos.
No elegimos esta época, pero sí podemos elegir cómo responder ante ella, y en esa elección se juega el destino de nuestros hijos, de nuestro país y del mundo.