En el siglo III A.C.
El estadísta y filósofo chino Han Fei del siglo recopiló en un tratado (considerado como obra fundamental del legalismo chino, lo cual va a cuento de nada, es una curiosidad inútil a nuestros propósitos), lo que probablemente sea la formulación escrita más antigua de un experimento mental que cada tanto aparece en la historia humana.
El relato describe a un vendedor quien, en su grandilocuencia comercial, afirmaba poseer dos objetos extraordinarios: una lanza capaz de atravesarlo todo y un escudo imposible de penetrar. Un potencial comprador le formuló entonces una pregunta simple:
¿Qué ocurriría si esa lanza capaz de atravesarlo todo golpeara ese escudo impenetrable?
El vendedor quedó en silencio.
La anécdota fue tan influyente que dio origen al término chino 矛盾 (“máodùn”), compuesto precisamente por los caracteres de “lanza” y “escudo”, y que hasta hoy significa “contradicción”.
La paradoja de la omnipotencia
Siglos más tarde, la Cristiandad reformularía esencialmente el mismo problema respecto la cuestión de la omnipotencia divina (al margen, no podemos dejar de notar el contraste en las subyacentes prioridades de una y otra formulación):
Si Dios es omnipotente, ¿puede crear una piedra tan pesada que ni Él mismo pueda mover?
Específicamente, el tema de la omnipotencia divina seguiría dando tela para cortar hasta nuestros días, pero sigamos con lo que nos atañe.
En el cine contemporáneo
En The Dark Knight, Nolan plantearía el mismo problema, bajo otra fórmula. Allí, el Joker define su relación con Batman como:
“Esto es lo que pasa cuando una fuerza imparable encuentra un objeto inamovible”.
Una idea que permanece
En todos los casos, el problema es presentado como una imposibilidad lógica. Y efectivamente lo es. Una fuerza absolutamente irresistible no puede coexistir con un objeto absolutamente inamovible. Al menos, una de las dos premisas es falsa.
Sin embargo, como ocurre a menudo con ciertos relatos aparentemente absurdos que sobreviven a culturas, siglos y religiones distintas, su persistencia señala algo más profundo que un mero juego lógico. Es una muy visual metáfora de otra cosa. Dependiendo de la formulación, ese ejercicio mental ha sido: metáfora de contradicción, metáfora del Misterio Divino, o metáfora del carácter de los hombres.
Detengámonos sobre esta última imagen: la del hombre que persevera, incluso frente a aquello que parece invencible.
La historia humana está llena de ejemplos de gloriosas resistencias.
Roma misma sobrevivió innumerables crisis porque, una y otra vez, se negaba a considerar como definitiva cualquier revés. Así hizo tras la derrota en la Batalla de Cannas, ante la fuerza numéricamente inferior de Anibal o también en la aún más humillante derrota en Arausio. Sin embargo, Roma, simplemente continuó.
Siglos más tarde la Reconquista de España se logró tras de casi ochocientos años de resistencia. Los llamados “cristianos ocultos” de Japón conservaron la fe durante generaciones a pesar de haber pasado más de dos siglos sin sacerdotes, en persecución constante del shogunato Tokugawa (muchos puntos extras por mantener la Fe sin más sacramentos que el bautismo y el matrimonio). Más cerca en tiempo y espacio, milicianos y pueblo de Buenos Aires repelieron al ejército inglés en sus dos invasiones al Río de la Plata, doblegando a la que, en ese momento, era la mayor potencia militar del mundo.
Heroísmo para todos
El heroísmo suele describirse como una forma elevada de valentía. Pero muchas veces no es más que la obstinada incapacidad de aceptar la derrota. El heroísmo real está mucho más al alcance de cualquiera de lo que cantan los poetas.
Esa perseverancia rara vez se presenta de forma grandilocuente. Casi siempre aparece bajo formas humildes: disciplina, resistencia silenciosa, cumplimiento del deber, capacidad de soportar.
Por eso resulta tan conmovedora la escena de Bridge of Spies en la que el espía soviético Rudolf Abel le cuenta a su abogado defensor que su indeleble determinación le hacía recordar a un amigo de su padre.
“Mira bien a este hombre”, le decía su padre, cada vez que se encontraban con él
Y cada vez que sucedía eso, nada sucedía. El amigo de su padre era un sujeto meridianamente anodino.
Hasta que una milicia del partido irrumpe en la casa de Abel en la que también, en ese momento, se encontraba aquel amigo de la familia. Los milicianos, golpeando a todos hasta dejarlos en el suelo, sólo se retiran tras no poder doblegar al amigo de su padre, quien tras cada golpiza, una y otra vez, se volvía a levantar.
Abel lo recuerda como un “стойкий мужик” (en la película lo traducen como “standing man”, pero podemos preferir la versión Google Translate que dice: “un tipo duro”). No hay nada particularmente notable en él. No hay épica ni verba. Simplemente, se levanta una y otra vez. Heroísmo low cost, podría decir un cínico. Humilde, calma dignidad, y absoluta perseverancia, diría un apologeta.
Eso es, en definitiva, el hombre inquebrantable: humilde y perseverante.
Hoy
La presión social, económica, técnica, puede adquirir dimensiones abrumadoras. La cuarentena del 2020 fue un ejemplo salvaje. Claramente, las fuerzas imparables existen. Sin embargo, lo decisivo no es detener lo incontenible, sino mantenernos inquebrantables.
Tal vez esta sea la enseñanza que aquella paradoja milenaria nos deja para estos tiempos. Que se pueda decir de nosotros lo que se dice de John Wick:
Un hombre enfocado, comprometido, y de pura voluntad.
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